Winter is coming…

En las novelas de fantasía de George RR Martin (en las que se basa la exitosa serie Juego de Tronos) se da una interesante alegoría a cuento de las estaciones del año. Los veranos y los inviernos duran una cantidad imprevisible de años, y tan placenteros son unos como terribles los otros. La acción se sitúa al final de un larguísimo verano y comienzo de un largo invierno. En algunos pasajes del libro, repleto de guerras por el poder, se alude al hecho de que ciertos caballeros son “caballeros del verano”, incapaces de comprender los rigores del invierno. La similitud con la economía es más que aplastante, y curiosamente el reino imaginario de Martin está economicamente en quiebra con una deuda espantosa. El lema de los Stark, la familia que domina el perennemente frío Norte, es un recuerdo permanente de que los veranos no duran para siempre: Winter is coming. Vendrían a ser algo así como la escuela austriaca.

La actual crisis no es simplemente parte un ciclo económico, sino el componente más visible de un auténtico cambio de paradigma productivo

En los países occidentales hemos vivido un larguísimo verano, y hemos sido gestionados por líderes (políticos, empresariales, sociales) de verano. Personajes gelatinosos de discurso hueco que se limitaban a gestionar la opulencia y se regodeaban en un crecimiento del que eran escasamente responsables y muy beneficiarios. Llegada la crisis, intentaron gestionarla con esa misma frivolidad. Y al final descubrieron que el invierno no se combate con cerillas, y que en realidad para poder combatir el invierno en condiciones habría que haber llenado los graneros cuando las cosas iban bien. Lo que en los libros son guerras aquí se traduce por rescates e intervenciones.

Uno de los retos más urgentes que tenemos actualmente es librarnos de estos personajes indeseables y empezar a gestionar las cosas con parámetros racionales. Porque si no saldremos de la crisis en falso y volveremos a una economía engañosa en la que la creación de riqueza seguirá siendo ilusoria. La actual crisis no es simplemente parte un ciclo económico, sino el componente más visible de un auténtico cambio de paradigma productivo. La sociedad industrial no va a desaparecer de un día para otro, pero nos dirigimos a un mundo en el que el verdadero crecimiento económico vendrá de la mano de las nuevas tecnologías y no de mejoras industriales.

La sociedad industrial no va a desaparecer de un día para otro, pero nos dirigimos a un mundo en el que el verdadero crecimiento económico vendrá de la mano de las nuevas tecnologías y no de mejoras industriales.

El problema es que las sociedades que no se suban a ese carro estarán perdiendo competitividad a manos llenas como los países que perdieron el carro de la primera revolución industrial (entre ellos el nuestro). Así que en la larga década que nos espera de desapalancamiento lo mejor que podemos hacer es fomentar la innovación (real, no los cuentos chinos a los que nos tienen acostumbrados los políticos) de manera obsesiva, constante y paranoica. Porque si no lo hacemos el riesgo (muy real, más de lo que creemos) es que el invierno no dure sólo durante toda esta década, sino durante el resto del siglo. Sólo con políticas estructurales saldremos de este atolladero, y sólo apostando a las vías por las que crecerá la economía en el futuro conseguiremos recuperar parte de la competitividad perdida. Invertir en planes E o encomendarnos de nuevo a la ladrillo, la industria o genéricamente a los emprendedores (que igual montan un bar que una empresa de alta tecnología) es como apostar decididamente por la agricultura como modelo económico en los años 50. Un suicidio. Apostar por la educación y por la innovación como modelo siguiendo el de países como Corea del Sur, la única vía de futuro. Tristemente, mientras escribo esto en España seguimos encomendados a todo lo que nos ha traído hasta aquí con escasa voluntad de construir el país que necesitamos dentro de 10, 20 o 50 años. Winter is coming…