Mi inigualable experiencia con Windows 8.1

A pesar de que probé todas las versiones beta de Windows 8 nunca actualicé desde el 7. Por muchas razones, sobre todo que la incomodidad de la doble interfaz y la crisis de identidad de Microsoft. Sin embargo, las entrañas de Windows 8 eran mejores que las del 7, que en términos absolutos es el mejor sistema operativo que ha lanzado Microsoft desde que tengo memoria. Así que cuando salió la 8.1 y se paliaron algunos de los problemas de la versión anterior me decidí a actualizar. Había comprado la licencia de actualización tiempo atrás a precio muy reducido, simplemente no la había utilizado. Y al utilizarla he recordado todas las razones por las que en 2009 me pasé a Mac, harto de perder el tiempo en trivialidades, y simplemente mantengo un Windows que no uso demasiado pero tiene utilidad ocasional. La actualización a Windows 8 no dio excesivos problemas. Por el camino perdí el uso del Bluetooth que lleva la placa base por razones que aún no he descubierto, pero no era una gran pérdida. Hubo que actualizar algunos drivers pero poco más. Donde empezaron los fuegos artificiales fue al intentar actualizar a Windows 8.1, que era la única razón por la que actualicé al 8 en primer lugar. La actualización sólo se puede hacer desde la tienda de aplicaciones de Microsoft, y al llevarla a cabo y reiniciar para instalar salió el temido -y fatal- mensaje de error: “No se pudo actualizar a Windows 8.1… 0xc1900101-0x20017”. Y hasta ahí.

¿Qué quiere decir ese mensaje de error? Nadie lo sabe con certeza. Buscando en Google se apuntan una docena de posibles soluciones que implican darle la vuelta al ordenador como un calcetín, desconectar todo, desactivar todo, arrancar en limpio y no sé cuantas alternativas, que en mi caso resultaron infructuosas. Menos desmontar el ordenador lo he hecho todo. El servicio de atención al cliente estuvo 4 horas (¡4 horas!) trabajando en remoto en mi máquina sin éxito. Que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. La conclusión final: formatee usted y reinicie de cero. Y encomiéndese a la virgen, añado.

Y ahí está el problema. Un fallo que tienen otras muchas personas no parece estar documentado y las razones del fallo pueden ser prácticamente ilimitadas, así que toca practicar el prueba-error hasta que el problema se arregla. Y a veces ni eso. La informática de escritorio es infumable y siempre lo ha sido (Windows, Mac, Linux, lo que sea) y la cantidad de tiempo que perdemos a manos de inexplicables problemas informáticos y fallos nunca explicados es imposible de valorar económicamente. Lo cual no excusa para nada problemas como éste, que me impiden disfrutar de un producto por el que he pagado y que debería funcionar fuera de la caja.

El penúltimo remedio es abrir la caja, desconectarlo todo salvo el disco de arranque y hacer un último intento. El último, formatear y encomendarme a Bill Gates, Steve Ballmer y Satya Nadella (la santísima trinidad) para ver si su último retoño tiene a bien comulgar con mi PC -que este sí, garantizo será el último que tenga-.

Si algún día consigo instalar Windows 8.1 publicaré mi experiencia con él, que hasta ahora no tiene parangón.

Probando las Google Glasses

Hace unos días tuve la oportunidad de probar unas Google Glasses, gadget sobre el que tenía bastante curiosidad, y no pocas reservas. En mi empresa estamos haciendo un desarrollo para un cliente para las Glasses y evidentemente eso implica hacernos con unas. Y reconozco que algunos aspectos del cacharro me sorprendieron gratamente, aunque veo la tecnología muy lejos de ser viable en el mercado por muchas razones.

En primer lugar, la visualización de la “pantalla” es más cómoda de lo que imaginaba, aunque no puedo concebir estar pendiente de la pantalla durante largos periodos de tiempo (mirando con los ojos hacia arriba a la derecha), ni tener un cacho de cristal obstaculizando mi visión permanentemente (consideraciones estéticas aparte). Para uso ocasional o contextual pueden llegar a ser bastante útiles, pero ni para leer ni para ver películas ni para hacer algo que requiera más que unos minutos de estar pendiente de la pantalla.

El software funciona con más agilidad de la que preveía, y la curva de aprendizaje es muy baja, lo cual es un punto a favor. Viendo la cantidad de aplicaciones en las que ya se está trabajando no cabe duda que habrá opciones interesantes, aunque tener demasiadas aplicaciones con un interfaz tan limitado probablemente no sea práctico: si se lanzan por voz hay que recordar todos los nombres y si se navega con el dedo hay que ir una a una. En cualquier caso el software funcionaba con agilidad y las aplicaciones cargaban rápido. Noté cierta lentitud en algunas acciones como sacar fotos pero supongo que eso es algo fácil de mejorar con el tiempo.

Dicho esto, poder hacer consultas rápidas o como aparato complementario del móvil resulta bastante útil, y para usos concretos como la navegación por gps mientras vas andando es indudablemente interesante y hasta divertido.

Las virtudes acaban ahí y empiezan los problemas. Los interfaces que permite el dispositivo son la mano (a la altura de la sien) o la voz. A mi me cuesta bastante hablarle a un aparato y creo que uso Siri únicamente porque puedo simular que estoy hablando por teléfono. Me da reparo hablarle a mi ordenador, aunque esté a solas, en mi casa y con la puerta cerrada. Y llevo 20 años probando software de reconocimiento de voz periódicamente. Puede que sea algo cultural. Pero no creo que me ponga a hablar con mis gafas frente a otras personas en mi vida. Lo de las manos es algo parecido, aunque si llevas ese aparato en la cara importa poco que uses las manos o hagas el pino, la gente se fijará en las gafas.

Porque lo que sin duda es un obstáculo insalvable para el uso de las gafas es el aparato en sí. La batería, por lo que me dicen mi compañeros, dura un suspiro, pero eso hasta cierto punto es lo de menos. Llevar unas aparatosas gafas en la cabeza que pesan, son antiestéticas, llaman la atención y te etiquetan (al menos de momento) como un friki de marca mayor es un problema. Soy usuario de auriculares bluetooth desde hace años, me parecen enormemente útiles y cómodos, pero rara vez los uso en público porque se identifica a los usuarios de auriculares bluetooth con una figura intermedia entre friki y ejecutivo agresivo cual portador de teléfono móvil a principios de los 90. El por qué, no lo sé. Pero llevamos ya bastantes años con auriculares bluetooth en el mercado y esa percepción no ha cambiado. Y siguen siendo algo minoritario. No veo a día de hoy como algo así se puede solventar sin un rediseño drástico del aparato porque los usos sociales cambian con bastante dificultad. Me veo mucho más proclive a comprar un iWatch el día que se anuncie a unas Google Glass que sé que, sin lugar a dudas, van a acabar en un cajón acumulando polvo.

Dicho esto, que duda cabe que acercar la presencia de la tecnología de manera tan inmediata puede tener un extraordinario recorrido en el futuro, y esa es la gran apuesta de Google. El problema es que el día en que una tecnología así pueda estar preparada para su adopción masiva puede estar mucho más lejano de lo que pensamos.

Primera - y probablemente última- vez que llevo las Google Glass en público

Primera – y probablemente última- vez que llevo las Google Glass en público

El día que Microsoft perdió los papeles

Microsoft acaba de presentar una tableta propia que aspira a competir con el iPad y ejecuta Windows 8, el arriegado sistema operativo que aparecerá a final de año. Habrá quien lo consideren un paso lógico, teniendo en cuenta el potencial del mercado, la enorme apuesta de Microsoft con Window 8 y el hecho de que hace muchos años que el gigante de Richmond ya no es una empresa sólo de software, también hace hardware de calidad como la Xbox 360 o de menos calidad como el Zune. Pero la realidad es que Microsoft ha perdido los papeles esta vez. A lo grande.

Hay que remontarse treinta años atrás para darse cuenta de que la apuesta de la integración hardware/software fue de Apple (y fracasó) y la apuesta por las licencias fue de Microsoft. Con ella se hizo la empresa que es hoy. Microsoft podía entrar a hacer periféricos (teclados, ratones, etc…) pero bajo ningún concepto podía lanzar hardware propio que ejecutara sus sistemas operativos en competencia con el resto de integradores. Eso sería jugar sucio porque Microsoft jugaría con ventaja en la tecnología y jugaría con ventaja en el mercado, apoyándose en una marca que los integradores contribuyeron a engrandecer.

Cuando en la presentación preguntaron a Ballmer por la reacción de las empresas que van a crear tablets con Windows 8 al saber que Microsoft iba a ser competencia, la respuesta de Ballmer fue tremendamente clara. Nada de palabras amables: “No comment”. Microsoft no puede permitirse fracasar con Windows 8 en tablets ni puede permitirse el largo plazo de maduración que le está costando a Windows Phone abrirse paso en el mercado. Necesita éxito para contrarrestar al iPad y lo necesita ya porque de lo contrario se van a encontrar fuera de juego. No puede esperar a que los integradores encuentren por su cuenta y riesgo el tablet perfecto para comptir con Apple. La solución desesperada: apuñalar por la espalda a sus partners de décadas y salir a competir al mercado con una oferta integrada atractiva (a primera vista lo parece), compatibilizándola con el modelo clásico de licencias. Si yo fuera integrador ya estaría revisando todos mis contratos con Microsoft para ver de qué maneras los han pisoteado.

Microsoft ha perdido los papeles al intentar convertirse en Apple con una oferta integrada y querer seguir siendo Microsoft a la vez. Vaya por delante que creo que en los últimos años están haciendo muchísimas cosas bien y probablemente en los próximos años recojan los frutos de ello (de hecho, probablemente el tablet presentado sea muy interesante). Pero al mismo tiempo están perdiendo demasiadas apuestas estratégicas, y se han dejado adelantar hasta tal punto en otras que lo tienen muy difícil para ser el referente que fueron en el pasado. No me sorprende el nerviosismo que despiden acciones como la presentación del Surface.